viernes, 30 de marzo de 2012

Esquiroles y vagos




La periodista Martha Gelhorn decía que arrojaba piedras a un charco sin saber qué efecto producían, pero se consolaba pensando: "al menos tiro piedras". Tirar piedras es liberador, sano, necesario, pero tirarlas sin saber a qué charco caerán es insensato, porque pueden ir a parar a los ojos de los que están tan jodidos como nosotros o  puede que más. Las piedras tienen que llegar a aquellos que nos hicieron agacharnos, tragar polvo y acrecentar nuestras ganas de lanzarlas a medida que nos íbamos levantando. Si nos apedreamos entre nosotros, permitimos que los que nos han traído aquí se sienten a observar plácidamente cómo lo que comenzó como una réplica contra su mala gestión se convierte en un enfrentamiento entre aquellos a los que afectó. Rajoy lo dejó claro ayer: el Gobierno está abierto al diálogo, pero no va a cambiar nada. El humor político es así y el monólogo es su género más explotado.

Ayer me entristeció leer tantos comentarios en redes sociales convertidos en un enfrentamiento entre "esquiroles" y "vagos", mientras los medios de comunicación quitaban peso a la situación y los políticos no se sentían mínimamente amenazados. Es tan respetable ir a la huelga como no hacerlo. Los motivos de quien se decanta por una u otra opción son personales y muchas veces se basan en el miedo al despido. Como occidentales, sufrimos una obsesión enfermiza por el trabajo y quizá sea eso lo que lleva a tachar a quien reclama sus derechos mediante la huelga y a temer ejercerla. Retomando a Clastres, dos axiomas han marcado la marcha de la civilización ccidental desde sus inicios: 

"el primero plantea que la verdadera sociedad se desarrolla bajo la sombra protectora del Estado; el segundo enuncia un imperativo categórico: hay que trabajar".

No es justo coaccionar a quien acude a trabajar, a menudo bajo presión, porque la coerción es evidente. Es, quizá, una de las estrategias más fructíferas del poder; es, en palabras de Bourdieu, la plasmación de la violencia simbólica que nos amenaza en el día a día. Tácitamente aceptada y convertida en miedo. ¿Quién no se ha enfrentado a: "la huelga es personal, tú verás"? Expresiones de este tipo, vienen a esconder: "atente a las consecuencias". Y las consecuencias van más allá de la pérdida de una parte considerable del sueldo, a menudo esconden un despido potencial que no todo el mundo puede permitirse. 

A los políticos les beneficia que nos enfrentemos, que nos distraigamos. Mucho mejor si nos obcecamos y seguimos lanzando piedras contra quien no es responsable de lo que con la huelga se reclama, contra quien es víctima de esa Reforma Laboral y de cierta esclavitud, por qué no decirlo, y acude a trabajar por miedo. Frente a ellos, los que gritan al esquirol, los comentarios tienen una base común: son unos vagos. Ayer llegué a leer comentarios acerca de lo sucia que debe de estar la casa de los que hicieron huelga porque, según ellos, son vagos y, por tanto, guarros. Esos vagos pierden parte de su sueldo y se arriesgan a perder su trabajo en interés de todos, porque creen que pueden conseguir que las cosas cambien y su empeño es loable. Pero si nos insultamos y, más allá de las declaraciones de un Presidente que deja claro que el derecho a huelga es mentira, como otros tantos derechos, olvidamos quién nos llevó ayer a decidir entre trabajar y no hacerlo.

La huelga general es una herramienta muy útil y necesaria, la Historia y la Revolución Rusa dan fe de ello, pero será incompleta mientras los objetivos se bifurquen y, sobre todo, mientras los sindicatos ostenten el monopolio de la convocatoria y los medios de comunicación los sigan presentando como voceros de los trabajadores, el mismo trabajador al que coaccionan si toma la decisión de acudir a su puesto de trabajo: el esquirol. Esos sindicatos que alardean de ser voceros de los trabajadores, porque gracias a ellos, en gran parte, se financian; los mismos que se mueven en función de los intereses del político de turno y que se benefician de las subvenciones para cursos de formación para parados. Esa especie de paternalismo sindicalista me hace traer a Rosa Luxemburgo irremediablemente, quien se enfrentó a los dirigentes sindicales por su conservadurismo y por considerar al proletariado alemán 'demasiado débil'. 

Algunos medios presentaban hoy la huelga como un éxito o fracaso de los sindicatos o del gobierno, respectivamente. Y yo me pregunto, en este partido de fútbol, ¿dónde quedan los trabajadores?





Algunas portadas de hoy (recomiendo analizar detenidamente la de La Gaceta: muy divertida, no decepciona)

Firma por la eliminación de las subvenciones a Partidos, Patronal y Sindicatos en Actuable si también estás hart@ de mantener a grupos inútiles con intereses particulares.

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