viernes, 28 de marzo de 2014

Cómo nos hace la historia

Norman Duenas

"¿No te das cuenta de que si nos hacemos deshaciéndonos en la historia no podremos al mismo tiempo contarla? ¿Qué es entonces el contar el que nos cuenta? Si acaso fuéramos un punto testigo detenido en el suceder...Nunca seremos ese punto y no nos queda más remedio que ser un suceder que se cuenta. No podemos decir: yo soy, yo existo, yo fornico, yo me escarbo los dientes. Lo único que nos es permitido decir es: yo sucedo. Al suceder existo y al suceder me hago historia, pero me hago historia deshaciéndome en ella. Ya todo esto sería bastante cabronada, pero hay más: para contarme de lo único de que soy dueño es de mi propia transitoriedad. Y entonces, ¿qué instante escojo para contarme?, ¿cómo le pido al ojo que se mire? ¿Cómo toco el tacto? ¿Y no te das cuenta de que somos hijos de nuestros hijos? Hacemos historia y esa historia que hacemos nos hace. Por eso lo que ahora quiero, es eso: meterme dentro del mecanismo de esas ruedecillas dentadas, dentro del engranaje. Y por eso ya lo único que me interesa es el Tiempo. Ustedes creen que el Tiempo, como el Espacio, son simples cualidades de la materia. ¡Ya no hay materia! ¡Todo es energía! Einstein vio en el Tiempo una cuarta dimensión. Otro balbuceo. Porque es mucho más. Mucho más. Así como el espacio no es un simple recipiente de la materia, el Tiempo...Por eso el problema no es matemático ni físico. Por eso Einstein se quedó corto. ¡El tiempo es la energía de la eternidad!

[...]

Y el tiempo me interesa porque se engarza con el otro problema, el del idioma. El que hemos hecho los hombres y que nos hace hombres, el que nos piensa ocultamente cuando creemos arrogantes que lo estamos utilizando para pensar. Pero es un instrumento tosco, impreciso. Desde el momento en que se articuló y vertebró perdió toda eficacia para reflejar la fluidez del suceder. Se arrastra, a penas, tratando de alcanzar, de dar la ilusión del presente. Horrible espejismo. No lo alcanzará jamás. Sólo como pasado: ido, seco, muerto ya."

Fragmento de Te acordás, hermano (Joaquín Gutiérrez)




sábado, 8 de marzo de 2014

No necesitamos flores

Me tembló algo por dentro cuando varios agentes de policía me pararon en el centro de Yereván, la capital de Armenia. Quién no se inquieta cuando la policía le interrumpe sin razón aparente. Sin la menor explicación, uno de los agentes se dirigió al coche, volvió con una rosa gigante y se dejó la seriedad en el maletero. Yo iba a trabajar y era ocho de marzo, como hoy. A veces no sabes si es peor que te detengan o que te regalen una rosa de tu tamaño. No es ingratitud. Nunca sé qué hacer con las flores. Y no es que las deje morir: me las entregan muertas.

El ocho de marzo, el mundo se vuelve tan rojo y tan rosa que por momentos parece San Valentín. Tan rojo y tan rosa que resulta difícil aceptar una flor sin cuestionarse si un tapiz no estará ocultando la realidad. Las rosas no nos han traído donde estamos, que tampoco es Jauja. Fueron mujeres; reales y ficticias. Por supuesto, las princesas Disney quedan descartadas en la segunda categoría, en la que sí entraría la Maga de Julio Cortázar. 

Si hoy vivimos en relativa igualdad es gracias a mujeres que se enfrentaron a su tiempo y que, entre todas, y poco a poco, hicieron y hacen que el mundo sea algo mejor y menos rosa. No lo hicieron con flores: lo hicieron con palabras y con acciones. De todas ellas, quizá las más infravaloradas sean las rockeras. Mujeres que se lanzaron de cabeza a un mundo de hombres y lo hicieron suyo. 

Pienso en Janis Joplin, quien tuvo que soportar que la conociesen como “el chico más feo del instituto”. Decía Joplin que todas las noches hacía el amor con miles de personas y se iba a casa a dormir sola. Pienso en Nancy Sinatra y en sus ansias de volar sola cantando “These boots are made for walking”. Pienso en Patti Smith, tan alejada de los cánones femeninos. De la “madre del punk” y miembro del movimiento musical feminista Riot Grrrl, se ha dicho que alguna vez ha lanzado compresas al público en sus conciertos. Pienso en Las Vulpes y en la irreverente escena que protagonizaron en TVE versionando “I wanna be your dog”. Tan suya hicieron la canción de los Stooges que “Me gusta ser una zorra” provocó el suficiente revuelo como para acabar con “Caja de ritmos”, el programa musical más importante de la Movida. Emitido en horario infantil, el debut de las bilbaínas supuso una oleada de críticas que llevaron al presentador, Carlos Tena, a abandonar el programa. 

Pero lograr una igualdad real no es solamente asunto de mujeres. Y si hablamos de rock, no podemos olvidar que Kurt Cobain no aceptaba entre su público a quien no respetase a mujeres y homosexuales. Si bien criticó el machismo en varias ocasiones, “Very ape”, “Territorial pissing” e “In bloom” son algunas de las canciones de las que Cobain se valió para lanzar sus alegatos feministas. 

No necesitamos flores: necesitamos que sigan existiendo mujeres (y hombres) capaces de lograr que el día de la mujer deje de tener sentido. Necesitamos que todos los días se conviertan en el día de las personas. Y que las rosas y el rosa dejen de tener sentido. 

Columna para M'Sur

viernes, 25 de octubre de 2013

El amor es morder sin motivo


La lla­ma­ban Blan­ca­nie­ves y estaba loca. La cono­ció en el mani­co­mio al que él no llegó por loco, sino por cuerdo. No es que él la recor­dase, es que no la había olvi­dado: “Los recuer­dos son invo­lun­ta­rios. Sólo los olvi­dos son volun­ta­rios”, escribe Manuel Arranz. No es que él qui­siera escri­bir “una his­to­ria sen­ci­lla, un idi­lio, un relato de un cen­te­nar de pági­nas” (que se queda a mitad de camino); es que ella no le dejó otra opción por­que no pode­mos expre­sar real y com­ple­ta­mente los sen­ti­mien­tos. Eso se lo enseñó Witt­ges­tein y él encon­tró en tal impo­si­bi­li­dad la razón de la exis­ten­cia de la escri­tura.  Los sen­ti­mien­tos cobran su máxima expre­sión cuando se escri­ben. La escri­tura es algo que ocu­rre tarde. Quizá por eso él dio a Blan­ca­nie­ves por muerta durante tanto tiempo. Quizá por eso él nece­sita escri­bir su his­to­ria de amor con Blan­ca­nie­ves. Su única his­to­ria de amor.

Por­no­gra­fía (Peri­fé­rica) no es un libro sobre por­no­gra­fía. Es un libro sobre las his­to­rias de amor que son his­to­ria, sobre la vola­ti­li­dad de la feli­ci­dad (o la incons­tan­cia de los feli­ces) y la per­ma­nen­cia de la infe­li­ci­dad (o la cons­tan­cia de los infe­li­ces), de la sole­dad que se esconde bajo la nece­si­dad de socia­bi­li­zar, como si de una más­cara que nos cubre durante toda la vida se tra­tase. “Esta­mos siem­pre solos”, escribe Arranz.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Lo de dentro y lo de fuera

Imagen: Fernando Vicente 

"Quizá para vivir dentro hay que vivir fuera", dice Javier Cercas. Yo sólo siento o digo que pertenezco a esa cosa abstracta que llaman España cuando estoy fuera, entre otras cosas, porque no encuentro una razón para sentirme española en España y porque no me apetece dar la brasa a alguien que acabo de conocer explicándole por qué odio todas las banderas o por qué me asustan verbos como "pertenecer". A un armenio le tengo que decir que soy española, pero no tengo la necesidad ni tiene sentido que haga lo mismo con alguien de Madrid, por ejemplo. Es como si le recordase que soy bípeda. 

Una sensación nueva que tiene que ver mucho con lo que cuenta Cercas, me ha quitado el sueño durante las últimas semanas: hace un par de días dije a alguien que he empezado a ver desde fuera lo de dentro antes de salir. Exactamente así. "Dame millas y millas de montañas y yo te pediré el mar", canta Damien Rice. Después de siete meses he tomado conciencia de que mi estancia en Armenia es una etapa que se acerca a su propio final. Armenia ya no es el país del que un día me enamoré a primera vista, en el que me quedo y en el que me quedaré. Armenia ahora es ese país que pronto volverá a estar lejos. 

Etapa es una palabra peligrosa, pero no podemos evitar dividirnos la vida. Y ahora, ¿qué viene? Querer saber qué va a ser de tu vida a corto plazo es otro peligro, porque esto que me pasa no es un síndrome de Ulises ni nada que se le parezca remotamente. Y eso que, como Rice, yo también he pedido que me traigan el mar, literalmente y con todas sus consecuencias. Ni siquiera puedo decir que tengo "un lugar al que volver", sino que más bien es una necesidad repentina de encontrar mi sitio porque vivo en una sociedad que me dice que, por mucho que me sienta nómada y quiera serlo, encontrar el propio sitio es una meta que todos hemos de lograr. Supongo que al final encontrar el propio sitio no es más que encontrar el equilibrio entre lo de dentro y lo de fuera y no sentirse lejos de ningún lugar. Pero para eso el mundo tendría que tener el tamaño de un mapa. 

***

En uno de los mejores diálogos de Martín (Hache) se habla de esto: 

"Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país; se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañás si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental, la patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués, una estadística, un número sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa."




martes, 27 de agosto de 2013

Si te gustan los plátanos, coge una pera

http://vimeo.com/7356439

"A los diez años, dormía al lado de un ataúd 
que Padre le regaló a Abuela 
cuando cumplió setenta y tres años."
(Wenguang Huang)

Mi madre confeccionaba preciosos vestidos para mí que el pañal realzaba a la altura de las caderas. Me gustaba verla coser. El estado de paz que alcanzaba cuando atravesaba la tela con la aguja y tiraba de la hebra, ni muy corta ni muy larga, para volver a empezar. Un movimiento rítmico, pausado. Los colores. El sonido del hilo al romperse entre los dientes cuando terminaba cada hilván. Apretar el hilo para hacerlo más compacto antes de enhebrar. Anudar la nueva hebra en torno al dedo índice con la ayuda del pulgar. Yo quería hacer eso.

A medida que aquellos vestidos se me iban quedando pequeños, empecé a coser mi propia ropa. Todavía guardo un peto de pana con conejitos y zanahorias, una falda-pantalón de cuadros, un pantalón de piel de melocotón, un vestido de flores con la espalda descubierta que hice con un retal que, de no haber robado a mi madre, ella habría acabado convertido en cojines…Tenía unos ocho años y unas aficiones un tanto extrañas.

Nunca usaba dedal, una manía que mi abuela materna, que siempre encuentra una razón para morir instantáneamente, regañaba con insistencia. El dedal me parecía inútil. Cuando me veía jugando con agujas y sin un pedazo de metal con el que defender mi dedo corazón derecho, mi abuela solía decir: “Ten cuidado con la aguja. Podría perderse en el sofá y, cuando vuelvas a sentarte en el mismo sitio, se te puede clavar en el culo, avanzar por las venas, llegar al corazón, y matarte. […] No te rías. Conozco a gente a la que le ha pasado”.

Cuando era pequeña y pasaba los domingos de verano en las Lagunas de Ruidera, mi abuela siempre me advertía: “No entres en el agua. Las lagunas se tragan a las personas y nadie vuelve a saber de ellas. […] No te rías. Conozco a gente a la que le ha pasado”.

Mi abuela me ha protegido siempre del agua dulce y de las agujas recordándome constantemente sus poderes letales, pero de las personas sólo me dice que no hable con desconocidos y, sobre todo, que no suba a sus coches. Nunca me dijo: “No te acerques a un hombre. Podría perderse en el sofá, clavarse en tu cuerpo, avanzar por tus venas, llegar a tu corazón, y matarte. […] No te rías. Conozco a gente a la que le ha pasado”.

La abuela del escritor y periodista Wenguang Huang comenzó a obsesionarse con la muerte a medida que envejecía. Recordaba a diario a su familia las condiciones de su entierro cuando en China se acababa de prohibir el enterramiento y la cremación era ya la práctica obligatoria. Lo cuenta en “El pequeño guardia rojo”, un libro que no puedo leer sin poner a su abuela la cara de la mía. Aunque aquélla sea china. Huang llegó a dormir junto al ataúd de su abuela viva. La mía no ha llegado a ese extremo, pero he dormido junto a la ropa con la que algún día será enterrada. Guarda su mortaja en un rincón privilegiado de uno de sus armarios desde hace décadas. Cada vez que viajo se despide con un: “cuando vuelvas ya me habré muerto”. No usa eufemismos cuando habla de su propia muerte, sólo lo hace con la muerte ajena porque es la que de verdad asusta a los vivos. Es la única de la que se enteran. Mi abuelo, por ejemplo, simplemente estuvo durante años y un día se fue. Pero ella, morirá. No sólo no lo esconde, lo recuerda a menudo y lo comparte con cualquiera cuando encuentra una situación propicia.  

Mi abuela sólo piensa en estrenar el vestido negro que con mimo ha guardado durante décadas, sobre todo desde que idea la forma de sorprender a mi abuelo cuando se reencuentren en la casa nueva. Vi a mi abuelo cavar su propia tumba cuando tenía seis o siete años. Le vi reunir los huesos de sus padres y de su hermana uno a uno para hacerse un hueco junto a ellos. Le vi recoger las alianzas de un matrimonio cristiano que la muerte no separó sino que convirtió en pedazos blancos que, mezclados, fueron a parar al mismo saco de plástico. Acababan de reencontrarse y él era el único que se alegraba. Seguramente le habría gustado estar a solas con ellos en aquel momento. No sé si a mí me encantaba pegarme a él como un percebe o si él tenía la facilidad de estar siempre rodeado de niños que querían saber lo que hacía. Supongo que por ambas razones siempre he querido saber qué era lo que le incitaba a madrugar tanto a diario.

Pienso en mi abuelo y me viene una sonrisa, tres olores y dos colores: sandía, granada y pan de pueblo cuyo sabor siempre he imaginado con un regusto a óxido de navaja. Siempre ocurre y en ese orden. Con la sandía lo pasábamos especialmente bien durante sus últimos meses. Él siempre fue quien me cortaba las rebanadas hasta que irremediablemente intercambiamos los papeles. A medida que envejecía y enfermaba se parecía más a un bebé. Le hacía el avioncito con los pedazos de sandía y verle como un pajarillo intentando alcanzar su alimento me enternecía más y más.

Y planeábamos viajes imaginarios. Una madrugada le encontré en mitad del pasillo de casa de mis padres a oscuras, avanzando con la ayuda de las paredes. No sé cómo pudo llegar hasta allí en pie. Decía que se iba a la huerta. No eran ni las cinco de la madrugada y estaba a cuatrocientos kilómetros de su destino. Su cabeza funcionaba bien. Al menos, hasta aquella noche.

-Espera, yo quiero ir contigo. Pero vamos a sentarnos un momento hasta que amanezca –nos sentamos a oscuras, cada uno en un sofá.

-¿Cuánto falta?

-Muy poco.

-Vámonos.

-Espera un poco.

-¿Cuánto?

-Sólo un poco.

-¿Qué estáis haciendo?- apareció mi madre.

-Nos vamos a la huerta. Estamos esperando que amanezca para ver mejor –le dije y mi abuelo me sonrió convencido de que alguien por fin estaba de su parte en un territorio hostil en el que todos los enemigos le habrían llevado de vuelta a la cama.

Bajó tanto la guardia que por fin se quedó dormido.

El día que le vi cavando su tumba, mi abuelo me dijo, sin dar muchas vueltas al asunto, que estaba reformando su próxima casa. Pregunté por unos salientes que llamaban mi atención en el interior de su nueva construcción. “Esto es para que la abuela coloque las colonias y los pintalabios cuando nos mudemos”, me dijo entre risas y a mí me pareció lógico y normal.

***
Llevé a varias amigas a Terrinches hace unos años. Mi abuela fue al horno más cercano mientras nosotras aún dormíamos y trasladó todas las existencias a su casa. Mientras desayunábamos lamentó que, como celíaca, toda aquella bollería me resultara inaccesible y me ofreció un chorizo para mojar en la leche.

-Pero mujer, ¿qué le pasa al chorizo? Si es chorizo.

-…-No pude explicarle por qué discriminaba al cerdo como sustituto de la bollería porque me encontraba al borde de la hiperventilación provocada por la risa.

-¿No será que te crees que el chorizo engorda? Que el chorizo no engorda, muchacha-. Estar sentada a una mesa siempre es buena ocasión para mostrar conocimientos en nutrición y dietética.

-Claro que no engorda el chorizo, engordo yo. Pero es que no es eso. Pero vamos a ver, ¿cómo quieres que moje chorizo en la leche? - y seguía riendo mientras ella permanecía muy digna.

-¿Y jamón? Anda, ahora te traigo el jamón pa´ que mojes en la leche.  

-Abuela, no-. Tuve que ponerme seria porque estaba claro que ella no bromeaba. Ya se había levantado para volver a la cocina en busca del jamón.  

-¿La leche así bebía na más? Vaya explique...

-¿Pero cómo voy a mojar jamón en la leche como si fuese un bollo?

-No veo por qué no-. Seguía sin titubear.

Al rato apareció con un racimo de plátanos que ofreció expresamente a una de mis amigas.

-Sandra, ¿te gustan los plátanos?-preguntó mostrando un generoso racimo amarillo.

-Sí, gracias.

-Pues coge una pera.

Aquello no venía a cuento ni lo hizo con ninguna intención. Simplemente mi abuela es una mujer que mientras te ofrece algo ya está pensando en lo siguiente. Cuántas veces me habrá preguntado indignada, mientras todavía terminaba una sopa, por qué no había comido carne o por qué no había probado el postre.

Si te gustan los plátanos, coge una pera. Debo varias lecciones vitales a una mujer obsesionada con la muerte. El día que fui a despedirla antes de marchar a Armenia la encontré viendo un reportaje sobre la violencia en Mali y me suplicó que me quedase. Que en ese sitio al que me iba las cosas se estaban poniendo muy feas. Que qué se me había perdido allí. Que si no voy a morir de muerte natural. El día que me fui, mi abuela habría llamado al aeropuerto con un aviso de bomba si hubiese tenido el teléfono a mano. Sigue preocupada porque pertenece a una generación para la que, más que países, existe “el extranjero” y para la que se viaja por compromisos familiares como nacimientos, bodas, enfermedades o muertes. Todo lo demás es buscar el peligro. Cada vez que hablamos por Skype y se activa la cámara, mi abuela empieza a llorar. No lo dice, pero sé que en ese momento celebra mi vida.

Mi abuela lleva años repitiendo que la tenemos que enterrar con los labios recién pintados. Hace poco aclaró a quién encomendaba tan noble labor. "No te rías, porque la que me los tiene que pintar eres tú", me dijo. A veces me pregunto hasta qué punto mi abuela está realmente convencida de que seguirá pintándose los labios en ese cubículo bajo tierra, de que mi abuelo la recibirá con la sonrisa infantil que conservó hasta la vejez y le dirá “qué guapa vienes”. 

Lo llaman arte

Instalación de Santiago Sierra en la que encerró a refugiados chechenos en cajas de cartón

Huir. Decía el perio­dista Juan Tallón que “la vida va de eso. Incluso la muerte”. Intento de esca­pada va de eso. Incluso el arte. Luego nos que­dan los exce­sos. Todo exceso es un refu­gio. Hui­mos de los otros y de noso­tros mis­mos. Y hay libros que se escri­ben para huir, muchos, pero pocos auto­res te lo dicen en el título. La pri­mera novela de Miguel Ángel Her­nán­dez es un com­pen­dio de hui­das y, al mismo tiempo, es el refu­gio de su autor.

Woody Allen dijo algo así como que alguien podría lle­gar a con­si­de­rar arte el hecho de que una per­sona saliese a un esce­na­rio a vomi­tar. No sé si ins­pi­rada por él, pero Millie Brown pinta con su pro­pio vómito y dice que es artista. Her­nán­dez cri­tica desde den­tro ese todo vale. Pero no se trata de una crí­tica voraz al arte con­tem­po­rá­neo en gene­ral, sino a un tipo de arte con­tem­po­rá­neo en par­ti­cu­lar, lle­vado a extremos. La obse­sión por la teo­ría lleva a Mar­cos a creer que la rea­li­za­ción de la obra es pres­cin­di­ble. Al hilo de esta refle­xión, uno de los plan­tea­mien­tos de la novela es cuándo la teo­ría, lle­vada a la prác­tica, puede irse de las manos.

Reseña sobre 'Intento de escapada' para Koult. Puedes leer la reseña completa aquí

domingo, 28 de julio de 2013

Floto


"-Flotaba -insistió la voz con suavidad-. Flotaba como un ave blanca en el agua. Flotaba en un gran río de vida...un gran río liso y silencioso, que fluye con tanta, tanta serenidad que una casi podría pensar que el agua está dormida. Un río dormido. Pero fluye irresistiblemente. La vida fluye silenciosa e irresistiblemente hacia una vida cada vez más plena, hacia una paz viviente, tanto más profunda, tanto más rica y más fuerte y completa cuanto que conoce todos sus dolores y desdichas, los conoce y los acoge y los convierte en una sola cosa con su propia sustancia. Y hacia esa paz está flotando usted ahora, flotando sobre ese río liso y silencioso, que duerme pero que es irresistible, y es irresistible precisamente porque duerme. Y yo floto con él. -Hablaba para el desconocido. Y hablaba en otro plano, para sí.- Floto sin esfuerzo alguno. No tengo que hacer nada. Me abandono, permito que me arrastre, pido a ese irresistible río dormido de la vida que me lleve adonde va...y sé que  adonde él va es adonde yo quiero ir, adonde debo ir; hacia una vida más plena, hacia una paz viviente. Por el río dormido, irresistiblemente, hacia la reconciliación absoluta."

(La isla, Aldous Huxley)

Quinquis de no ficción

La estanquera de Vallecas

Cró­ni­cas quin­quis (Libros del K. O., 2013) reúne una vein­tena de artícu­los de suce­sos escri­tos por el perio­dista Javier Valen­zuela, ahora direc­tor de tin­ta­Li­bre, para El País entre 1982 y 1986. Por el libro des­fi­lan per­so­na­jes tru­cu­len­tos con los que el autor pasea por cár­ce­les y barrios de cha­bo­las en los que ni la poli­cía se atre­vía a entrar. Los pro­ta­go­nis­tas de sus cró­ni­cas son jóve­nes que lle­van una vida cíclica de dos fases: cár­cel y calle. Son yon­kis que atra­can ban­cos y far­ma­cias para pagarse la heroína y pros­ti­tu­tas ata­das a la calle para man­te­ner a sus hijos y superar el mono; pre­sos que se comen los mue­lles de su catre y luego se cor­tan las venas y chi­cas que entran en un hos­pi­tal con una pis­tola bajo las bra­gas para sal­var a sus chi­cos. De fondo, sue­nan Los Chi­chos y Los Chunguitos.

Sigue leyendo en Koult.

viernes, 26 de julio de 2013

Una tumba que se va llenando de muerte


La tumba del marinero (La Bella Varsovia, 2013) es Luna Miguel gritando con el pelo suelto y descubriendo que algunas tumbas están vacías, son temporales, son personas que poco a poco se llenan de muerte. Cadáveres que crecen. ¿Madurez? Quizá sea el tema en torno al que giran casi todos los poemas del libro: la pérdida de la inocencia, hacerse mayor. La tumba de marinero podría ser una versión visceral y en verso (por momentos en prosa poética) de El Principito.

A Luna Miguel no le gustan los poetas que intentan dar pena. Por eso prefiere dar asco y crea imágenes grotescas que remueven vísceras y arañan. Ella dice que la fealdad crea belleza, y por eso nos describe imágenes muy suyas. Luna vomitando. Luna arrancándose la piel. Luna sangrando. Los olores vaginales de Luna. Todas estas imágenes conformanan un poemario intimista del que se percibe un intento por comprender la infancia para dar sentido a la recién estrenada madurez y casi un ajuste de cuentas consigo misma, con los errores pasados y con las irresponsabilidades adolescentes. Pero también es un ejercicio de aceptación del presente.

En La tumba del marinero siempre está el amor, porque, aunque su autora quiera dar asco, a ella le brota el amor de esas uñas a menudo corrompidas. Y no sólo el amor hacia su pareja, su amor monógamo. También, y por encima de todo, el amor hacia la madre, hacia la madre de la madre y a la poesía como madre de todas las madres y cáncer de todos los cánceres-poetas. También aparece la Luna nieta abrazando a su abuela como la madre que abraza a la niña después de una pesadilla. Y conmueve. Quiera ella o no.

En La tumba del marinero está hasta Quevedo diciendo que "todos sois muertos de vosotros mismos" cuando Luna dice "Esta es mi amplia tumba y tú escribiste / su epitafio. / No hay cadáver. No hay tumba". La madre viva, con pelo nuevo, es el leitmotiv de este poemario cargado de dolor y de muerte propia asumida. Porque, ¿qué es crecer si no conocer la muerte ajena y descubrir, a través de ésta, que no eres inmortal porque has visto a los tuyos morir; saberte tumba que alberga un cadáver que crece y crece? ¿Y qué es la vida sino un cáncer que nos mata lentamente a todos?


Hace unos meses entrevisté a la autora. Puedes leer la entrevista aquí o aquí.

miércoles, 24 de julio de 2013

Vivir sin sexo

Señora Milton


Soledad tiene treinta y cinco años y es virgen porque quiere. Como ella, cientos de millones de personas en todo el mundo se niegan a tener relaciones sexuales, no por razones morales o religiosas, sino por falta de deseo o porque simplemente no les interesa compartir su sexualidad con otras personas. Las personas asexuales reivindican su condición como una opción sexual más. Paradójicamente, para muchas de ellas, la negación de la sexualidad es lo que justifica la existencia de las otras opciones sexuales.

Sigue leyendo en Pikara Magazine
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