miércoles, 28 de diciembre de 2016

La agonía de los platos


Me entristece diciembre; es el mes de los balances. Me entristece la Navidad; es la fiesta de las ausencias. Estoy escribiendo esto con una sonrisa. Llámenme incongruente.

No sabría (ni quiero saber) si he sido feliz este año o no. Ser feliz es una idea que no concibo porque eso que llaman ser feliz para mí es estar en paz y nace en un punto del cuerpo que no tiene nombre y porque convertir algo efímero en una meta vital es uno de los inventos capitalistas más absurdos.

En paz sí he estado. Por eso no pude sentir rencor ni odio cuando me dejaron el pecho en llamas. Entonces dije "adiós" y pensé "ahora viene lo mejor". De los rescoldos rescaté el amor más puro y sano y completo. Me alegró descubrirlo intacto dentro de mí.

De 2016 nunca olvidaré su otoño. Octubre parecía un mes tranquilo, estable, competo. Hasta que llegó el temblor. Otoño me trajo la mejor noticia de mi vida y pronto me golpeó con la peor (del año, claro). Equilibrarlas no ha sido fácil, pero sí necesario. Sin la mala habría corrido el riesgo de volverme gilipollas porque una no puede cumplir un sueño gratuitamente. Estas cosas siempre tienen precio. Sin la buena, quizá habría vagado por el mundo llorando sin rumbo. Y claro que he llorado, pero he reído mucho más.

Un día dije: "No te preocupes por mí, soy más fuerte de lo que yo misma creo". Juro que lo dije sin pensar. Si alguna vez creísteis que soy débil, frágil, indecisa, tenéis que conocer mi gran descubrimiento: soy fuerte porque fuerte me hago ante la adversidad.

2016 me ha enseñado que lo mejor de tropezar es llegar a caerse y que las marcas de guerra, como las cicatrices de mi infancia, merecen la pena. Que lo bueno de tener un alma omnívora es que nunca sabes cuándo ni quién te la va a alimentar hablando de anhelos, de miedos, de tonterías, de la vida.

También me enseñó este año que si la vajilla se vuelca dentro del mueble lo mejor es abrir la puerta cuanto antes y no prolongar la agonía de los platos. He probado la normalidad de la que renegué y no está tan mal como aferrarse a ella: cualquier día alguien abre la puerta y se hace pedazos la vajilla.

Puede que me aterre diciembre, pero nunca enero, por una sucesión lógica que Chaplin describió a la perfección: "después del caos nacen las estrellas". El dolor es necesario. El miedo es necesario. La duda es necesaria. Sin ellos, en su justa medida, me mantendría viva. Pero yo quiero vivir y para vivir dejo ir.

2017, ven. No me das ningún miedo.

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