viernes, 22 de agosto de 2014

El pez es el único pensamiento del pez


"Al principio un poco irreconocible, poco después la sala de estar recuperaba su antigua posición teniendo como centro la flor. El espíritu era el viento, el noroeste soplaba con insistencia, frenado por los edificios de la calle. 

La habitación estaba repleta de jarrones, bibelots, sillas y tapetitos de ganchillo, y en las paredes de papel floreado se amontonaban láminas recortadas de revistas y de antiguos calendarios. El aire sofocante y puro de los lugares siempre cerrados, el olor de las cosas. Pero dentro de poco comenzaría la subasta y los objetos serían expuestos. Nada impediría que la puerta se abriese; el viento anunciaba puertas bruscamente abiertas de par en par. 

Frotando más lentamente los zapatos, la soñadora examinaba con placer su fortaleza, no espiándola sino mirándola directamente; se preparaba para estar ante las cosas con lealtad. Insistiendo en posarse como sobre la colina del pasto, así miraba ella. En esta muchacha, que de sí misma sabía poco más que su propio nombre, el esfuerzo de ver era el de exteriorizarse. El albañil construyendo la casa y sonriendo de orgullo. Todo lo que Lucrécia Neves podía conocer de sí misma estaba fuera de ella: ella veía.

El valor, sin embargo, era decidirse a comenzar. Mientras no empezase la ciudad seguiría intacta. Y bastaría empezar a mirar para romperla en mil pedazos que no sabría juntar después.

Era una paciencia de construir y demoler y construir otra vez y de saber que podría morir un día exactamente cuando, al construir, hubiera demolido.

En medio de su ignorancia sentía sólo que necesitaba empezar por las primeras cosas de S. Geraldo -por la sala-rehaciendo así toda la ciudad. Al mirar había plantado ya la primera estaca de su reino: una silla. Alrededor, no obstante, continuaba el vacío. Ni ella misma podía acercarse a ese campo creado que una silla había hecho inabordable. Nunca había podido sobrepasar la serenidad de una silla y dirigirse a las segundas cosas.

Aunque, mientras mirase, ¿llegaría un tiempo que un día se llamaría de perfeccionamiento? Aquellos largos años que pasaban a través de momentos dispersos; a través de raros instantes Lucrécia Neves poseía un solo destino. Como era lenta, las cosas, a base de ser fijadas, adquirían su propia forma con nitidez; era lo que a veces conseguía: alcanzar el propio objeto. 

Y fascinarse. Porque ahí estaba la mesa, en la oscuridad. Elevada sobre sí misma por su falta de función. Las otras cosas de la sala, devoradas por su propia existencia, mientras que lo que por lo menos no era macizo, como la mesita hueca de tres patas -no poseía, no daba-, era transitorio, sorprendente, posado, extremo.

Señales de telegrama. Eso era la forma alzada de la mesita. Cuando una cosa no pensaba, la forma que tenía era su pensamiento. El pez era el único pensamiento del pez. Qué decir entonces de la chimenea. O de aquella lámina de calendario que el viento estremecía...Ah, sí, Lucrécia Neves lo veía todo.

Aunque nada diese de sí más que la propia claridad incomprensible. El secreto de las cosas estaba en que, al manifestarse, se manifestaban iguales a sí mismas." 

La ciudad sitiada
CLARICE LISPECTOR

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