martes, 23 de junio de 2015

Siempre quise un año en el que el verano nunca llegase


Tengo una joya rectangular de preciosa cubierta e interior descomunal en las manos. No he podido soltarla desde hace un par de días salvo para lo más humanamente justo y necesario. Reconozco que fue uno de esos libros de los que me suelo encaprichar por la portada. Pero tengo la suerte de que pocas veces, si no ninguna, me ha traicionado esta especie de intuición literaria basada en una mera ilustración que me dice "eh, tú, ven un momento". Es casi como Clara intentando seducir a Byron; yo pensando si no tiraré el dinero en un autor que todavía no conozco y su libro diciéndome: "ya lo veremos".

El título, que habla de un año sin verano, no pudo ser más cautivador cuando el verano estaba entrando por la ventana en su propia víspera. Lo hizo, como suele ser, sin modales: volcando un ventilador que si andase renquearía como Byron en una casa en la que la estación generalmente deseada nunca es bienvenida. También llegó con un niño que hacía por veinte gritando en la piscina como si nunca hubiese visto el agua y con gaviotas que juegan a ser bebés hambrientos. El resumen del inicio de este verano podría resumirse en gritos y a mí me apetece hacer sonar a toda hostia 'Enjoy de silence'. Siempre podría haber algo peor. Siempre podría resumirse en olores.

Llevo dos días sin bajar a la piscina por miedo a que el niño al que su madre no ha dicho que nadie tiene que responderle desde Madrid, en uno de sus arranques de lanzarse al agua como una polilla contra un cristal, moje el libro.

Si todavía escribiese reseñas esta acabaría siendo una declaración de amor. Si todavía escribiese ficción dejaría de hacerlo porque ante autores como este, seguir escribiendo es casi como perder el tiempo o jugar a ser Dios con las manos llenas de barro.

Me declaro enamorada de esa cadencia caribeña de William Ospina, de la forma en la que habla de Shelley y, por tanto, de Shelley: de su oscuridad, de su silencio y de cualquiera de sus ausencias. Podría transcribir entero un capítulo que le dedica a un hombre al que siento haber conocido y al que, en cierto modo, encuentro en mí misma por razones diversas.

Es subrayable de principio a fin, pero me voy a quedar con esto:

"El modo como al contacto de unas manos luminosas una muchacha asustada hunde los pies en la tierra como raíces y ve brotar hojas en su pecho y ramas de sus brazos es también una historia muy antigua.
¿Seríamos capaces de controlar nuestro propio poder? ¿Qué pasaría si descubriéramos cómo producir la vida en laboratorio? ¿Terminaría pareciéndonos sucio y obsceno el método tradicional? ¿Renunciaríamos al contacto sexual? ¿Sería derrotado Macbeth por el hombre que no nació de mujer? Son preguntas aún más apasionantes que las que se hacían Shelley y Polidori. ¿Fabricaríamos un ejército de seres artificiales, sin memoria y sin alma, para proveer de repuestos a nuestros cuerpos fatigados? No era ella quein estaba fabricando el monstruo: era la época, la vasta colmena de laboratorios y de FACTORÍAS que comenzaba a levantar sus humaredas sobre llanos de carne macerada, sobre la carnaza sacrificada de la juventud europea; unos ojos almendrados de dieciocho años estaban viendo morir una época y nacer un mundo."

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